Fukai Posts : 42 petit lolita  |
Posted 03/12/2007 05:11:35 AM | | Bueno este creo que es el tercer foro en el que pongo esto. es algo que escribí hace una años y pico y que increíblemnte aún me sigue gustando.
Es el prólogo de la historia de mis personajes (unos 25 ¬¬) que lleva desde 2002 rondando mi cabeza y que nunca me he aventurado a escribir.
Como ya he dejado dicho esto es tan sólo el prólogo y ya emempezado a hacer el segundo capítulo el problema es que hago los capítulos de las historias larguísimos(y con larguísimos hablo de que algunos tienen hasta 50 páginas XDD)
más que anda pongo aquí esto porque así me animo para seguir escribiendo el primer capítulo que entre falta de inspiración, ganas y tiempo lleva meses estancado.
Es largo de leer pero realmente me gustaría que comentarais que os parece please ^^.
Kissines y gracias por adelantado!
PRÓLOGO
Todo empezó aquel día, una fatídica mañana de primavera el Mundo entero tembló y apunto estuvo de desmoronarse. Pero esta es una historia que debe ser contada desde el principio pues sino no tendría sentido hablar de ella.
Hace más de medio siglo, sin saber muy bien por qué, empezaron a nacer una serie de niños con orejas puntiagudas, cabellos y ojos de colores extraños y que por alguna extraña razón que aún no se ha logrado averiguar algunos de ellos llegaron a nacer también con poderes. Poderes ligados a elementos, sentimientos, materia, energía…éstos les hacían parecer indestructibles, e incluso el tiempo no se atrevía a enfrentarse a ellos pues parecía olvidarlos permitiéndoles vivir eternamente y mantener su juventud cuanto quisieran. El resto de la humanidad, temiéndolos, los llamó dioses y desde ese mismo instante el equilibrio del Mundo pasó a estar en sus manos.
Quizás lo más extraño de todo ello es que tras su aparición siguieron naciendo niños con las mismas facciones que ellos tenían pero no así con sus poderes lo que hizo que estos dioses pasasen desapercibidos entre los humanos y tuvieran que llevar a cabo su labor desde la sombra, viviendo entre ellos sin poder dar muestra alguna de sus cualidades pues el Mundo es tan inestable que el mínimo cambio en él podía destruirlo.
Para ello los dioses crearon una dimensión paralela, en la que poder hacer uso de sus poderes sin temor de destruir el lugar mismo en el que vivían, pues la destrucción de la Tierra implicaría también su propia destrucción. Y así lo años fueron pasando, con sus catástrofes y sus desgracias, sus alegrías y sus satisfacciones pero siempre en equilibrio… hasta ese día. Nunca el Mundo estuvo tan cerca de su fin como la mañana del 4 de abril de 1984.
4 abril de 1984 – 9:15 a.m.
Ante ella se extendía el pasillo de la enorme mansión de estilo japonés en la que habitaba. Las paredes llenas de cuadros y diversas pinturas, todos ellos de temática oriental, parecían cerrase a su alrededor conforme se acercaba a su objetivo. El único sonido que podía oírse era el de su respiración acelerada, sus pasos decididos y la gasa de su vestido blanco volando tras ella.
Había oído el ruido de un cuerpo golpeando contra el suelo, no tenía duda alguna. En un principio pensó que sería el niño, que se habría caído como tantas otras veces, pero al pasar por el porche lo vio jugando tranquilamente en el jardín y esto sólo consiguió ponerla aún más nerviosa.
Aceleró su paso hasta que finalmente llegó al único sitio de la casa en el que aún no había mirado, la biblioteca. Abrió la puerta corrediza deslizándola con suavidad y entró sin apenas hacer ruido en la enorme habitación. Ante la escena que vio a continuación sus piernas empezaron a temblar de tal modo que cayó al suelo de rodillas. Sus preciosos rizos dorados cubrieron el suelo y llevó sus blancas manos a su rostro, intentando borrar de su mente la imagen que acababa de ver. Pero le fue imposible, ya que no era producto de su imaginación ni de ningún hechizo, era tan real como la vida misma. Sus enormes ojos azules se llenaron de lágrimas y ella se vio forzada a ahogar un grito.
A duras penas se levantó y con paso vacilante se acercó al centro de la habitación, donde yacía el cuerpo inerte de un hombre pelirrojo que sostenía un libro en su mano y una taza de café en la otra. El tatami se cubría no sólo con la mancha del café que había caído del recipiente, sino también con un líquido rojo que ella no tardó en reconocer como sangre.
La mujer se dejó caer pesadamente junto al cuerpo del hombre. Acercó una mano temblorosa a su rostro y lo acarició suavemente sin obtener reacción alguna. Ella no pudo reprimir un sollozo al ver que la sangre que había visto era sin duda alguna de él, así lo indicaban los restos de sangre que había en las comisuras de sus labios. Apoyó su cabeza sobre el pecho del hombre, esperando encontrar algo de vida y cuando creía que ya estaba todo perdido oyó un latido que se desvaneció en el aire y sirvió como despedida de un ya inútil corazón.
-No…no…esto no puede estar pasando- alcanzó a susurrar la mujer entre sollozos, cada vez más intensos, a la vez que abrazaba el cuerpo sin vida del hombre.
Miró su rostro de nuevo, y se encontró con sus hermosos ojos verdes, que parecía que la miraban diciéndola que no se preocupase, que todo saldría bien. Y entonces..se derrumbó.
Su grito agónico recorrió todos los pasillos de la casa, sus chillidos desesperados rompieron la monotonía de esa mañana que había empezado tranquila. Su llanto desgarrador hizo que incluso los animales del jardín se preguntasen qué estaba pasando. Lloró y lloró, en unos segundos había llorado todo lo que no había llorado en todos sus años de vida. Desesperada, abrazando el cadáver del que había sido su amante, su marido, del que era el padre de su hijo, lloró y lloró como si nada más existiese a su alrededor.
Y como si de un eclipse se tratase en mitad del día se hizo de noche, la oscuridad empezó a invadir la habitación y a extenderse por toda la casa, por la ciudad, por el país…por el Mundo entero. La agonía que la invadía se hizo aún más insoportable y sentía su cabeza apunto de estallar. Sintió que no quería seguir viviendo, no sin él, no sin el hombre que le había dado la más absoluta felicidad. Si él no estaba ya nada tenía sentido, bueno, nada…salvo él. Pudo oír los pequeños pasos de aquel por el cual viviría, aún arrastrando todo el dolor, acercándose lentamente a la habitación.
-¿Mamá?¿qué le ha pasado a papá?- la mujer se giró al oír la asustada voz de su hijo que le miraba desde la puerta con sus profundos ojos azules a la vez que apartaba torpemente los rizos dorados del flequillo que le hacía cosquillas en la cara
-¡KAMI NO ENTRES!¡VETE!-
-Pero mamá..-sollozó el niño con lágrimas asomando a sus ojos
-¡VETEEEEEEEEEE!-
Kami jugaba tranquilamente en el jardín con sus piezas de construcción. Cuando se vio interrumpido por su madre, que le hablaba desde el porche con un halo de preocupación en el rostro.
-Kami cariño ¿estás bien?¿te has caído?-
-Mamá, mamá mira lo que he hecho- dijo él enseñándole a su madre orgulloso lo que acababa de construir.
-Es muy bonito Ka-chan, pero dime ¿te has caído?-
-No- contestó el niño sonriente.
-Quédate aquí ¿vale?- y en un abrir y cerrar de ojos la mujer había desparecido en el interior de la casa silenciosamente.
El niño obedeció y prosiguió con su juego unos minutos. Una vez se hubo cansado se dedicó a observar el enorme jardín que se extendía a su alrededor. Era típico japonés, hasta tenía un estanque con carpas y una zona plagada de cerezos que hacían las delicias de los amigos de sus padres, de hecho, cada vez que florecían se organizaba una gran fiesta en su casa a la que asistía muchísima gente, aunque él era demasiado pequeño como para recordar la del año anterior.
Dio unos pasos vacilantes hacia el porche y se agarró en unos de los árboles que tenía a su lado, no sabía por qué, pero de repente empezó a notar una opresión en el pecho, similar a la que sentía cuando su padre o su madre se iban a algún sitio y le dejaban solo con la canguro.
-¿Mamá?- llamó el niño en voz baja y mirando a su alrededor asustado, el antes agradable jardín ahora le parecía demoníaco. Su mandíbula empezó a temblar y unos lagrimones silenciosos empezaron a rodar por sus mejillas -¿Mamá?- llamó él de nuevo un poco más alto y abrazándose a sí mismo al no obtener respuesta.
Quería ir a buscar a su madre, pero ella le había dicho que se quedase allí, y él nunca la desobedecía. Se secó las lágrimas torpemente con el dorso de la mano, llenándose la cara de barro y se acercó aún más al porche hasta que finalmente se subió a él y se apoyó en el marco de la puerta, mirando al interior de la casa.
-¿Mamá?- dijo en un sollozo suplicante.
Al no obtener respuesta alguna decidió desobedecer las órdenes de su madre por primera vez en su vida y se internó en el pasillo. Su pequeño cuerpo temblaba a cada paso y sus sollozos se extendieron por la casa retumbando en sus oídos. Se apoyó en la pared asustado, siempre le había dado miedo caminar solo por la casa. Era demasiado grande y demasiado oscura para su gusto y los cuadros de las paredes le aterrorizaban, pero ante todo, lo que quería era encontrar a su madre.
Y entonces lo oyó, el grito desgarrador de una mujer seguido por un llanto desesperado que en seguida identificó como el de su madre. Él también chilló, y se sentó en el suelo apoyado contra la pared, pegando sus piernas a su cuerpo, rodeándolas con sus brazos y ocultado su cabeza entre las rodillas. Estaba tan asustado que ni siquiera era capaz de llorar, el nudo que tenía en la garganta era tal que le costaba respirar, pero por mucho que lo intentase las lágrimas no salían de sus ojos. Tras unos minutos en este estado y estando cada vez más aterrado decidió proseguir con la búsqueda de su madre, estaría más seguro con ella que solo. Se levantó a duras penas y continuó caminando, hasta que finalmente se encontró frente a frente con la puerta que daba a la biblioteca. A duras penas la abrió y pudo sentir un fuerte pinchazo en el pecho al ver la escena que tenía frente a sí. Su madre, de rodillas en el suelo, abrazaba el cuerpo inerte y ensangrentado de su padre. Sus cabellos dorados y su vestido blanco estaban cubiertos por la sangre que bañaba el suelo, y su expresión de terror y sus ojos bañados en lágrimas hicieron que a Kami se le cortase la respiración un instante, hasta que finalmente se atrevió a hablar.
-¿Mamá?¿qué le ha pasado a papá?- se aventuró a decir mientras se apartaba el flequillo de la cara
-¡KAMI NO ENTRES!¡VETE!- le gritó ella con la voz desgarrada y lágrimas surcando sus mejillas.
-Pero mamá..- replicó con un nudo en la garganta
-¡VETEEEEEEEEEE!-
Kami se dio la vuelta y sin siquiera pararse a cerrar la puerta echó a correr en dirección a su habitación. Estaba tan aterrorizado que ni siquiera el oscuro pasillo que normalmente le asustaba podía darle más miedo del que ya tenía. Corrió instintivamente pues las lágrimas que bañaban sus ojos le impedían ver con claridad, y a su alrededor sólo llegaba a discernir figuras difusas y sombras.
Cuando llegó a la habitación cerró rápidamente la puerta tras de si, y se escondió en la cama bajo el edredón y el montón de peluches que la cubrían.
Se ocultó allí durante lo que le parecieron horas, hasta que finalmente su madre hizo aparición cogiéndolo en brazos y abrazándolo fuertemente. Ya se había cambiado el vestido ensangrentado y se había lavado el pelo y la cara, pero aún así, la dolida expresión de sus ojos hizo tal mella en el niño que éste arrancó a llorar de nuevo.
-Vamos Kami, están aquí todos. Mamá tiene que hablar con ellos- su voz sonó apagada, distante, sin vida y profundamente seria. Kami se acurrucó aún más contra su madre y se agarró con todas sus fuerzas de la tela de su vestido, como si tuviese miedo de que intentasen separarlo de ella.
El niño no se atrevió a preguntar por su padre, aún era demasiado pequeño como para comprender el significado de la muerte, pero le invadía la extraña sensación de que no volvería a verlo nunca más.
Una luz los envolvió y cuando el niño volvió a abrir los ojos a su alrededor no estaban las paredes de su habitación, sino las de una enorme sala en mármol blanco, adornada por unos enormes ventanales cubiertos por cortinas de seda también blancas, bordadas con hilos de plata. La habitación estaba totalmente vacía, exceptuando un bonito trono de terciopelo blanco sobre una tarima en el cual se sentó la mujer con el niño aún entre sus brazos.
-¿Ha ocurrido algo Megami-sama?- preguntó preocupado un hombre de cabellos anaranjados que llevaba de la mano a un niño muy parecido a él, que no tendría más de 2 años.
-¿Por qué se ha hecho la oscuridad de repente?- se lamentó una mujer que llevaba en brazos a una niña de pelo castaño y enormes ojos verdes, que rondaría los dos años de edad.
-Tengo algo que comunicaros- cortó ella con voz cansada y elevando la vista para mirar a todos los presentes
-¿El qué?- preguntó impaciente una mujer de penetrantes ojos color carmesí, que abrazaba contra ella a un niño profundamente dormido que no tendría mucho más de un año.
-Mi marido…Zeke dios de la Luz..- Megami hizo una pausa para coger aire, pero aún así no pudo evitar que una lágrima rodase por su mejilla- Ha fallecido…
Un silencio sepulcral se hizo entre los presentes, que se miraron los unos a los otros acongojados sin atreverse a alzar la voz.
-Pe..pe..pero..es un dios ¡no puede haber muerto así como así!- sollozó una mujer rubia de ojos castaños que se abrazaba con fuerza del hombre que llevaba al niño de la mano.
-Por eso os he llamado, hay alguien que ha sido capaz de matar a un dios. Tenemos un enemigo muy poderoso acechándonos. ¿Alguien tiene idea de quién puede ser? – declaró Megami los más fríamente que su dolor le permitió.
-No. Nunca nos habíamos enfrentado a algo así, esto es serio. Debemos refugiarnos los unos en los otros para que no vaya a peor. Megami-san, sino te importa esta noche me quedaré contigo, es peligroso que te quedes sola en casa ahora. No estás en tu mejor momento y tienes un niño que cuidar- dijo un hombre que llevaba una bonita melena color azabache con reflejos morados recogida en una coleta baja y que miraba a su alrededor curioso a través de sus rasgados ojos dorados.
Se acercó a ella con paso decidido, su gabardina de cuero negra ondeaba tras él y sus botas de piel resonaban contra el suelo rompiendo el silencio de la sala. Pasó su mano enguantada por su cara, repasando suavemente con sus dedos el tatuaje con el Kanji del mal que adornaba la parte izquierda de su rostro
-¿Nobunaga dios de la oscuridad?¿tú haciendo algo desinteresado por alguien? Permite que tenga mis dudas- ironizó la mujer que sostenía en sus brazos al niño dormido.
- Diosa de la discordia, creo que no es el momento adecuado para mantener una discusión ¿no crees?- añadió él mirándola suspicazmente y sonriendo para sí, sabiéndose victorioso.- Ah! Y llámame Nobu por favor, no me gusta mi nombre completo-
-Por favor parad los dos- rogó Megami – Está bien Nobu-san, tu compañía me será de ayuda.- la diosa se levantó y miró a todos los presentes desde la tarima- Los demás, podéis iros a vuestras casas. Si ocurre algo fuera de lo normal hacédmelo saber y convocaré otra reunión…podéis retiraros.
Y así Nobunaga empezó a vivir con Megami y Kami. Él le brindó desinteresadamente todo el apoyo que necesitaba y más, la protegió, la cuidó, tanto a ella como a su hijo. Y por todas estas razones y algunas más finalmente Megami fue capaz de enamorarse de nuevo, sólo que esta vez del dios de la oscuridad.
El tiempo fue pasando y las heridas se fueron cerrando. Todos los dioses acabaron por perder el miedo a esa amenaza invisible que los acechaba e incluso llegaron a olvidarse de que la causa por al que el dios de la luz murió fue un asesinato. Fueron naciendo más niños entre los dioses, y también más hijos de humanos que adquirían el poder divino.
Finalmente, tras una relación de algo más de un año entre Megami y Nobu que ambos mantuvieron en secreto, la diosa se quedó embarazada y ocultaba la evidencia con ropas anchas y estando en casa todo el día sin apenas salir. A su hijo le resultaba fácil engañarlo pues sólo tenía 3 años, de hecho no cumpliría los 4 hasta que hubiese nacido su hermano. Al haber ocurrido todo cuando era tan pequeño apenas recordaba nada de lo ocurrido con su padre y no le habían quedado secuelas. Ahora era un niño normal y corriente, bastante consentido y mimado eso sí, que se pasaba las tardes jugando con Jôji, un año menor que él y el cual se había convertido en su mejor amigo.
También jugaba a veces con Hi y Chikkyu, dos de los hijos de los dioses y ambos de su misma edad y alguna que otra vez podía ver por allí a Oyu, 7 años mayor que él; Kaze, 2 años mayor; Umi, 3 años menor y Sasuke y Kakashi, los gemelos y a los cuales llevaba 2 años aunque era raro encontrarlos por allí, pues ellos eran hijos de humanos, no de dioses.
Y en enero de 1986 nació su hermanita, una pequeña niña de pelo morado y ojos rojos, aunque él nunca llegó a saber que era su hermana. Su madre le decía que era su prima, que se tenía que ir a vivir con ellos, y él inocente, lo creyó, al igual que el resto de los dioses que confiaban ciegamente en las palabras de Megami. Pero desde que la niña nació las cosas entre Nobu y Megami empezaron a ir mal, él se empezó a mostrar más distante, más frío. Cada vez que iba a verlos se centraba en la pequeña, ignorando por completo tanto a Kami como a su madre, pero aún así ella lo quería tanto que aguantó sin rechistar, pensando que sería ella la que hacía algo mal.
La niña se convirtió en una persona arisca y antisocial, que se encerraba en los armarios de la casa y no le gustaba que nadie la molestase. Sólo permitía a una persona estar con ella, a Jôji. Nadie sabía por qué, pero llegaron a creer que era por el hecho de que Jôji tenía los ojos del mismo color que ella y el pelo de un tono muy parecido, si bien el del niño era un poco más azulado.
Y el tiempo siguió pasando para todos, ya nadie recordaba los sucesos ocurridos 6 años atrás, hasta que la desgracia volvió a sacudir su pequeño Mundo.
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