Evi Posts : 116 lolita-chan  |
Posted 06/08/2007 05:28:00 AM | | No sé si este texto deba ir en este subforo, pero es algo que escribi hace un tiempo y quería compartirlo.
Espero que les guste!
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Wölfewald
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Los árboles pasaban a su lado como saetas, mientras la niebla flotaba a su alrededor, formando un místico ambiente. Ella corría, corría veloz como una gacela escapando del cazador. A su paso, sentía como las hojas y pequeñas ramas o raíces del bosque se quebraban bajo sus pies descalzos, mientras que su albo cabello volaba, reflejando la plateada luz de Luna.
A sus espaldas, oía los enardecidos gritos de los hombres del pueblo cercano, persiguiéndola, acusándola de violentos crímenes que no había cometido. Ella sabía que si se detenía, sería presa de aquellos bárbaros, que solo se aplacarían al ver su sangre en el hacha del verdugo.
En su mente, los pensamientos transcurrían incesantemente, al igual que el latido en sus sienes y su corazón, amenazando con salírsele del pecho. Ya no le importaban las espinas que desgarraban sus vestido, o las ramas que rasguñaban su piel, solo quería alejarse de allí.
Sobresaltada, vió como una flecha se clavaba en el tronco de un abedul, a escasa distancia. Exigiéndose, aumentó aún más su velocidad, pero repentinamente se detuvo. Frente a ella, el bosque se cerraba, oscureciéndose y bañando todo con una presencia extraña. "Wölfewald" murmuró, e inmediatamente un escalofrío recorrió su espalda. Mirando hacia atrás, notó el rojizo resplandor de las antorchas y una dura decisión se hizo visible en su rostro: entraría al bosque de los lobos, donde sus cazadores no osarían poner un pie.
Reduciendo la marcha, caminó por entre las nudosas raíces, mientras sus ojos grises trataban de horadar la espesa negrura. Sin poder evitarlo, su pie se enredó en una rugosa planta rastrera, y cayó al suelo cuan larga era. Al levantar la mirada, descubrió el inmenso tronco hueco, perteneciente a un ombú. Refugiándose en su interior, abrazó sus rodillas, y empequeñecida, aguardó en silencio. Gradualmente, su oído se afinó y oyó las voces dubitativas de sus perseguidores; ellos no se atrevían a penetrar en aquella ominosa oscuridad. Así permaneció por un tiempo indefinido, pues la extraña atmósfera del bosque, que a diferencia de otros se mantenía en un inquietante silencio, no le permitía descansar. Finalmente, salió de su escondite, y se adentró entre los árboles de grotescas formas. Poco a poco, una ardiente sed había comenzado a dominarla, por lo que apresuró su paso, pues creyó oír una corriente de agua hacia su izquierda. Tropezando con las irregularidades del suelo, llegó hasta un estrecho arroyo, que era iluminado por una tenue y mortecina claridad producida por la Luna. Al inclinarse sobre el agua, la vio turbia y negra, de peligrosa apariencia, pero la resequedad de su garganta y labios pudieron más que la razón. Hundiendo sus manos en aquel líquido enrarecido, bebió hasta saciarse.
A su alrededor, solamente el sonido del arroyo se dejaba oír. Asegurándose de que nadie la acechaba, prosiguió con su camino. Unos minutos después, su mirada se nubló, y el bosque comenzó a girar a su alrededor, mientras que una salvaje agitación se hacía presa de su cuerpo. Gritando espantada, reemprendió la desenfrenada carrera, posesionada por un incomprensible terror. Las hojas y ramas de los árboles golpeaban su cuerpo, la tierra húmeda se hundía bajo sus pies, y la urgente sensación de huir se mantenía latente bajo la piel tersa.
Extenuada, rendida, ella creyó distinguir una construcción en medio de un claro, similar a una cabaña derruida, pero sus fuerzas la abandonaron antes de asegurarse de que no era una invención de su mente. Lentamente, comenzó a detenerse y sus ojos se cerraron al sentir el frío contacto del suelo en su rostro acalorado.
En la espesura circundante al claro, varios pares de ojos se encendieron, brillando con dudosas intenciones. Algunos eran verdes, otros amarillos, pero todos estaban fijos en la intrusa que se había internado en el bosque, en "su" bosque. Lentamente, los dueños de aquellos ojos abandonaron las sombras que los cobijaban: se trataba de grandes lobos salvajes, cubiertos de hirsuto pelaje grisáceo. Los hocicos estaban arrugados, manteniendo un permanente gruñido; los músculos se tensaban debajo de la piel, listos para atacar ante la más mínima señal de peligro. Perdida la conciencia, ella permanecía desmayada, sin saber lo que ocurría a su alrededor.
Cuando uno de los lobos estaba por asestar una violenta dentellada, algo lo detuvo: se trataba de una imperiosa voz, hablando en un extraño idioma, demasiado racional como para ser animal, pero muy gutural para ser humano.
De lo que parecía ser una cabaña, había surgido una figura, un hombre de anchas espaldas, cubierto por una extensa capa de pieles pardas. Su rostro era anguloso y definido, enmarcado por el largo cabello oscuro. Los ojos se destacaban por un profundo color verde, contrastando con el blanco de su piel.
Al oír aquellas palabras, los animales retrocedieron, evidenciando un incomparable respeto. Estando al lado de ella, el hombre la observó durante unos minutos, hasta que finalmente la tomó en sus brazos y cargándola con poco esfuerzo entró a la cabaña. Sin saberlo, ella había sido elegida por Thorolf, el señor de los lobos, único hombre que fuera capaz de permanecer en aquel bosque de destinos inciertos. Muchas leyendas se contaban sobre él: algunas decían que había sido abandonado de pequeño, y criado entre los lobos, otras que que era cruel y despiadado, las más fantasiosas hablaban de que podía tomar la forma de uno de sus caninos subordinados, para salir de cacería. En verdad, nadie sabía a ciencia cierta como había llegado allí o porqué los lobos lo obedecían, en lugar de despedazarlo como había ocurrido con otros tantos que osaran penetrar en Wölfewald.
En el pueblo, las palabras corrían susurradas de boca en boca, y cada vez la historia era aumentada por detalles más escalofriantes y extravagantes. Lo cierto era que en aquellas noches despejadas, de brillante Luna, algunos pueblerinos habían visto una numerosa manada de fieros lobos, más grandes que los normales y de aspecto peligroso, correr a través del bosque. Entre ellos, se aseguraba que se encontraba Thorolf, el oscuro habitante de Wölfewald y una muchacha de albos cabellos, blancos como la nieve. Ambos guiaban a la manada, rodeados por los lúgubres aullidos de los salvajes animales. Desde ese momento, en el poblado cercano se comentaba, no sin cierto temor, que el Señor de los Lobos ya no estaba solo, pues había encontrado a su reina.
--Last edited by Evi on 2007-08-06 05:29:51 --
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